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MODERNIZACIÓN
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ÉTICA
Y PROFESIONES Por:
Sonia Marta Mora Vicerrectora
Académica, Universidad Nacional de Costa Rica. El afán de lucro o de
poder sustituye el sentido de la profesión y las metas que le son
propias, el profesional se embarca peligrosamente
en la mediocridad. Deportistas
que, por sospechas de fraude, pierden la gloria, profesionales a quienes
se les liga a actos de corrupción; negligencia de unos, cálculo de
otros, innegable realidad que ubica la cuestión ética en el centro de
las preocupaciones contemporáneas. Indudablemente
es mucho mayor el número de hombres y mujeres que constituyen con
honradez la sociedad de hoy. Pero el incremento de dolorosos y
sofisticados casos de engaños, descuido y corrupción no pueden pasar
desapercibidos. No es posible pasar con indiferencia o familiaridad ante
la participación de profesionales en estos hechos graves, es decir, de
personas legitimadas socialmente para ejercer una función que se
justifica precisamente por estar orientada al desarrollo personal y
colectivo. Por
la información que ha trascendido, en muchos de estos casos algunos
profesionales han puesto su conocimiento a servicio de ellos mismos,
traicionando los principios que los obligan a servir a la sociedad. En
otros casos se han olvidado
las más elementales reglas de un campo profesional determinado, lo que ha
traído pérdidas a las instituciones y a los pueblos centroamericanos,
debilitando la confianza de los ciudadanos. SE IMPONEN ALGUNAS
INTERROGANTES Frente
a estos hechos es inevitable preguntarse ¿Cuál es el sentido que tiene
hoy el ejercicio de una profesión? ¿Qué deben esperar, sobre todo
exigir, los ciudadanos por parte de los profesionales? Pues
nadie duda de la importancia que tienen hoy esos recursos humanos de alto
nivel, sin los cuales es imposible generar riquezas y ampliar los niveles
de bienestar de los habitantes. Pero es incuestionable que ante los hechos
vividos, la insistencia en algunos atributos, junto al talento y la
dedicación, parece crucial. Posponerlo es aceptar que se “fabriquen”
títulos en vez de formar personas dispuestas a consagrarse a la elevada
misión que les es conferida. Altísimo costo social tiene fetichizar la
dimensión utilitaria de una profesión y ocultar su profundo sentido
humano: el descuido de la formación humanística es precisamente una de
las formas en que se expresa esta peligrosa desviación. MUERTE A LA
MEDIOCRIDAD Porque
el espíritu profesional es el que busca, sin concesiones , el logro de
los más elevados niveles de
excelencia. Pero no entendida ésta únicamente como una aspiración
personal, sino como una tendencia al mejor desempeño de que se es capaz,
con la plena conciencia de que ejercer una profesión es aceptar, y ser
congruente, con la transparencia social y humana de la práctica escogida.
He aquí el profundo sentido social de la excelencia, que se inspira, según
esta concepción integral, en múltiples y diversos intereses solidarios
que se colocan más allá de la esfera de los particularismos para
ubicarse, finalmente, en el camino del bien común. Rescatar
esta dimensión de la actividad profesional, la cual además de la legítima satisfacción que se funda en el mérito,
busca el mejoramiento de la sociedad, constituye en nuestros días, tanto
en Costa Rica como en Centroamerica, una urgente tarea. Pues si la calidad
de un profesional se fundamenta en la rigurosidad disciplinaria de la
formación y en la validez de su experiencia, ambas condiciones, siendo
indispensables, no garantizan la excelencia. A la preparación académica
y técnica y a la experiencia práctica se suma el compromiso ético,
fuente de la auténtica dignificación profesional. Gracias a éste y a
los fines que persigue, cada profesión permite obtener un bien imposible
de alcanzar mediante cualquier otra práctica: la salud del paciente para
el médico, la formación integral del educando para el maestro, la búsqueda
de nuevos horizontes del saber y de mayores posibilidades de bienestar
humano para el investigador, la expresión de la libertad y la creatividad
humana para el artista. Si
el afán de lucro o de poder sustituye el sentido de la profesión y las
metas que le son propias, el profesional se sume peligrosamente en la
mediocridad. En estos casos la acción del deportista y el abogado, el
educador o el artista, el médico o el administrador, irremediablemente
empieza a desvirtuarse para convertirse en el medio a través del cual el
sujeto se procura lo que puede obtener por otras vías. Emular
y no expulsar a los mejores, distinguir los intereses personales de los
fines que inspiran a la profesión, profundizar en la importante dimensión
ética del ejercicio profesional, son aspiraciones que explícitamente van
incorporándose a la agenda que muchos se empeñan hoy en dignificar su práctica,
y en la lista de tareas de instituciones comprometidas a una reorientación
del rumbo. Es, sin lugar a dudas, un tema neurálgico de la renovación
educativa, cultural y ética que se abre paso en el umbral esperanzador
del nuevo milenio. Hasta allá debemos tener nuestras miradas. |
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