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En
defensa de la justicia Por: Benjamín Cuéllar
Director de IDHUCA Instituto de
Derechos Humanos de la UCA En
nuestra tierra aún está fresca la sangre derramada en las calles de su
capital el 30 de julio de 1975; muchas personas buscaban a sus familiares
desaparecidos en ese lamentable episodio, cuando efectivos del régimen
militar atacaron una pacífica manifestación de estudiantes
universitarios... Antes,
en el país ya habían tenido lugar otras violaciones graves a los
derechos humanos y empezaban a perfilarse las acciones que,
posteriormente, serían prácticas sistemáticas y generalizadas
utilizadas para sembrar el terror en el suelo salvadoreño y asombrar al
mundo entero. Chinamequita,
La Cayetana y Tres Calles (caseríos de los departamentos de La Paz, San
Vicente y Usulután, respectivamente) son nombres que siempre resuenan
entre aquellas y aquellos que tercamente intentamos mantener viva la
memoria histórica de nuestro pueblo. Ya para entonces, también estaban
detenidas-desaparecidas al menos siete personas cuyo paradero, junto al de
otras ocho mil o quizás más víctimas sigue siendo hasta la fecha una
incógnita. Todo ello, en el marco de una situación de violencia
estructural económica y social que golpeaba a diversos y amplios sectores
en plena década de los 70. En fin, el aire que entonces respirabamos se
estaba enrareciendo de manera acelerada, creciente y muy peligrosa. Fue
en medio de ese ambiente turbio que, en agosto del mismo año, Segundo
Montes junto a un reducido grupo de abogados y estudiantes de Ciencias Jurídicas
de la Universidad de El Salvador, decidieron enfrentar el problema. Así
se abrió uno de los primeros espacios en la hoy llamada “sociedad
civil” desde el cual se trabajaría (ferviente y profesionalmente,
durante casi veinte años) por la defensa de los derechos y las libertades
fundamentales de las personas más pobres del país. Ello, a través de la
asesoría y la gestión legal cuando era posible, combinadas o no con la
denuncia pública nacional e internacional de los casos y las situaciones
que atentaban contra la dignidad humana. En agosto de 1975, nació pues
esa institución pionera en la materia dentro de la región
centroamericana: el Socorro Jurídico Cristiano (SJC). Exactamente
una década más tarde, con el impulso que monseñor Óscar Arnulfo Romero
le dio a esa lucha y tras el surgimiento de otros organismos comprometidos
con la causa, el mismo padre Montes fundó el Instituto de Derechos
Humanos de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”
(IDHUCA), desde el cual (con sus características propias) se ha tratado
de contribuir al desarrollo de esa difícil y arriesgada, pero siempre
necesaria e importante labor. La
razón de ser de nuestro trabajo Al
meditar sobre los casi veinticinco años transcurridos entre 1975 y el
2000, caracterizados en su mayoría por la violencia sin límites padecida
a lo largo y ancho del territorio nacional, acude a la memoria tanta y tan
buena gente que (como Romero y Montes)
entregó su vida en la trinchera de la defensa necia e incansable de la
dignidad humana, desde donde lucharon para impedir que la muerte y su
encubrimiento destruyeran a este pueblo. Marianella
García Villas y Herbert Anaya Sanabria de la Comisión de Derechos
Humanos de El Salvador (CDHES), son dos de las personas asesinadas que hoy
están más vivas en las aspiraciones contenidas dentro de los Acuerdos de
Paz y la nueva institucionalidad del país... Patricia Cuéllar y Pedro
Posada del SJC son dos de las personas físicamente desaparecidas que
ahora, pese a todo, aparecen con mayor fuerza para advertirnos sobre la
fragilidad de un proceso mediante el cual (no obstante los innumerables
obstáculos) se intenta democratizar una sociedad que hoy es, quizás, más
excluyente que antes y todavía muy violenta. Por
todos esos seres conocidos o anónimos que asumieron tercamente el
compromiso de edificar un país diferente, todavía seguimos trabajando en
defensa de la vida, la justicia y los derechos humanos. En defensa de la
vida: porque todavía está pendiente establecer el paradero de las miles
y miles de personas que desaparecieron de manera forzada e involuntaria en
nuestro país. Y es que, como dijo Cortázar en el Coloquio de París, en
1981: “Hay que seguir considerando como vivos a los que acaso no lo están,
pero que tenemos la obligación de reclamar, uno por uno, hasta que la
respuesta muestre finalmente la verdad que hoy se pretende escamotear”. En
defensa de la justicia: porque hay que demandar la reparación moral y
material de las numerosas víctimas durante esos dolorosos años. Pero
también porque es mucho lo que falta en la actualidad para que la población
mayoritaria de nuestro país tenga, por primera vez, la alternativa de
usar el Derecho para superar la impunidad mediante la aplicación correcta
de la ley. Y,
finalmente, en defensa de los derechos humanos: porque siguen siendo
irrespetados en nuestro territorio, además de lo anterior, son miles y
miles las personas que (al igual que en la “guerra fría”) mueren en
forma lenta y violenta dentro de esta “paz caliente”. Mueren en medio
de la inseguridad personal fruto de una brutalidad que se mantiene en El
Salvador de hoy, con o sin motivación política; en medio del “exitoso
proceso de paz”, la Fiscalía General de la República informa que entre
1994 y 1996 el promedio anual de homicidios dolosos supera los 8 mil 300:
¡más de 22 crímenes diarios!, en su mayoría con arma de fuego y sobre
todo de guerra. Mueren, también, por la negación cotidiana y estructural
de las condiciones básicas para que mucha gente pueda existir con
dignidad. Además,
nuestra lucha es parte del esfuerzo de aquellas y aquellos que hoy quieren
llamar la atención sobre el rumbo de esta Nación, pues dentro y fuera de
ella hay personas que dicen haber instaurado la paz, la democracia, el
respeto a los derechos humanos y la reconciliación. Es, pues, una lucha
por el conocimiento real de lo que está sucediendo. Una
lucha por la verdad El
compromiso con esta causa, entonces, nos obliga a seguir del lado de las víctimas
de la injusticia legal, el temor y la desesperación; del lado de las
personas que, sumidas en la desconfianza, permanecen bajo los efectos de
una impunidad que propicia la realización de acciones brutales por
diversos motivos: políticos, de “limpieza social”, por venganzas
personales derivadas de hechos pasados y presentes, así como por la
delincuencia común y las acciones del crimen organizado. Ese
compromiso también nos obliga a estar con la población mayoritaria, que
es víctima histórica de la injusticia social; esa que antes vio cómo se
iba agravando su situación con la guerra y ahora la ve deteriorarse todavía
más con los efectos de las medidas económicas gubernamentales que están
incrementando su pobreza y (lo más peligroso) propiciando que se activen
los detonantes que conspiran contra el futuro nacional. La realidad actual
Ahora
vivimos atemorizados, básica y directamente por los hechos derivados de
la delincuencia “común” o de la “especial” que tienen lugar en
todo el territorio nacional. Dentro de la última modalidad, se deben
incluir las acciones del “crimen organizado” por aquellos que trafican
algo y las operaciones de los “escuadrones de la muerte” que se
alquilan o trabajan por iniciativa propia. También
debe considerarse como parte de esa delincuencia “especial”, la
actividad de los grupos armados formados por miembros de los bandos que
existieron durante el conflicto bélico. Manteniendo su pertenencia
anterior o mezclados, las y los integrantes de estos grupos operan con o
sin objetivos “políticos”, libres de obstáculos realmente serios
para ello y contando con una experiencia que acumularon a lo largo de la
guerra. Y
“por qué no decirlo claramente” el clima de inseguridad que abruma a
la población mayoritaria en nuestro país también se debe, en buena
medida, a la forma cómo se está manejando la información y el
“entretenimiento” a través de los medios masivos de difusión. Por
los mensajes negativos que de esa forma se transmiten a la sociedad
salvadoreña, sobre todo a la infancia. Contando
ahora con un andamiaje institucional distinto al que existía antes del
fin de la guerra, debemos insistir: ¿qué pasa? ¿por qué seguimos
padeciendo por algunos males graves del pasado?. Esas interrogantes nos
surgen, sobre todo, al estar plenamente convencidos de que esa
institucionalidad con la que ahora cuenta El Salvador para garantizar el
respeto a los derechos humanos es “por mucho, conceptual y
normativamente” mejor que lo de antes. Desde
nuestra óptica, es una la principal respuesta a nuestras inquietudes:
hasta la fecha, en su mayoría esas instituciones han funcionado sin
contar con la participación activa de una población que debería conocer
sus enormes potencialidades y que, a estas alturas, tendría que empezar a
verlas con confianza y entusiasmo para utilizarlas en la solución de sus
conflictos, tanto en el ámbito privado como en el público. Sin
embargo, fruto de su ineficacia y por el mal uso que algunos sectores han
hecho de las mismas, la gente “común y corriente” (esa que vive
angustiada y temerosa) no está pendiente de su funcionamiento; mucho
menos le interesa controlarlas para evitar que se desvíen de lo que la
legalidad les determina. En
un ambiente como el que existe actualmente en El Salvador, donde lo que
resalta es una situación de inseguridad y temor generalizados, ¿qué
percibe la población al observar a las tres instituciones más
relacionadas con la garantía de sus derechos humanos?. Que las
autoridades de seguridad pública responsabilizan de la violencia
delincuencial a la Corte Suprema de Justicia y que lo mismo hacen los
funcionarios judiciales con los encargados de la seguridad pública. También
advierte que, cuando esas instituciones se sienten abrumadas por las críticas,
mejor dirigen la mirada hacia la señora procuradora y sobre ella
descargan todas las culpas. Lo
peligroso de eso que se está produciendo en las “alturas”, es que
comience a reproducirse en la base y nos enfrentemos a la posibilidad
cierta de que esas tres instituciones (que deberían hacer esfuerzos
complementarios para garantizar el respeto a la seguridad personal y el
acceso a la justicia) también se peleen “allá abajo”, acusándose y
rechazándose mutuamente. Así, enfrentamos la posibilidad real de que las
y los funcionarios que están en contacto directo con la gente no
colaboren entre sí para servir a la comunidad. ¿Qué
impacto tiene eso entre la gente? Negativo, sin duda. La población no
cree que lo nuevo sea realmente eso ni que los cambios hayan servido para
algo. De esa forma, la gente no participa activamente y ,cada vez más,
deja que esos “asuntos” queden en manos de los políticos, de las
autoridades, del gobierno... Con
ello, nos encontramos ante un gran riesgo: que no exista un control
efectivo, real, sobre el funcionamiento de esas instituciones tan
importantes y que éstas terminen siendo utilizadas para el logro de otros
fines distintos al que les corresponde: el beneficio real de las personas.
En
conclusión, con los Acuerdos de Paz se comenzaron a respetar ciertas
libertades públicas y, con ello, se abrió una pequeña brecha para
discutir y dar solución a ciertos problemas del país; se diseñó, además,
un sistema para operativizar una serie de medidas tendientes a evitar las
violaciones masivas al “núcleo duro” de los derechos humanos,
principalmente aquellas que tenían motivación política. Ese
sistema se ha mantenido, en buena medida, bajo el control y la supervisión
de técnicos extranjeros los cuales (al terminar su mandato y
retirarse paulatinamente del país) han ido trasladando su misión
a “manos nacionales” para que sean éstas las que le den continuidad.
Pero, por las razones que sean, consciente o inconscientemente, tanto la
nueva como la renovada institucionalidad salvadoreña no siempre ha
trabajado bien; es más, en
algunos casos, lo que se han generado son condiciones para el
estancamiento o retroceso de los avances logrados. ¿Cuál
es, entonces, la salida? ¿dejar que el país regrese a las penumbras de
la inseguridad, el temor y la impunidad para que, después, se instale
nuevamente la oscuridad? No es definitivamente esa la salida. ¿Mantener
eternamente la asistencia técnica de la comunidad internacional? Tampoco es factible. ¿Que cada habitante del país busque la
forma de resolver sus problemas por mano propia? Es demasiado peligroso,
pues podría generarse otra espiral de violencia que nadie (o casi nadie)
desea volver a vivir. Es
en ese marco donde a las y los que trabajamos por la causa de los derechos
humanos nos corresponde plantearnos interrogantes serias y, quizás, incómodas
para algunos: ¿cuáles deben ser, ahora, las prioridades de nuestra
labor? ¿qué queremos lograr? ¿qué futuro vamos a construir? ¿qué
nuevos retos vamos asumir? Los
retos más importantes La
situación que actualmente se vive en El Salvador es la muestra de un
proceso que no ha cuajado completamente. Ante eso, desde nuestra
perspectiva institucional, nos atrevemos a sostener que para lograr
resultados más productivos le ha faltado un elemento: la participación
de la población en la construcción de un Estado democrático de Derecho,
necesario para vivir en una sociedad justa y segura en la que se respeten
los derechos humanos. Por tanto, hacia esa dirección apuntan los
esfuerzos que queremos realizar en esta etapa de nuestra historia
nacional. |
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