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“LOS BUENOS Y VELOCES,

LOS FLOJOS, GRILLOS Y FÓSILES”

 Por: Yaneth Serrano

 

En una madrugada, un viento fresco y repentino hace las veces de mano y hojea  el cuaderno con curiosidad. Las primeras páginas están  en blanco y no  pareciera  que  es por un desorden  en la escritura, si no porque  se han  dejado vacías, como si fuese necesario completar las páginas sucesivas para entonces, así poder llenar  las primeras.

El viento  sigue hojeando  con despreocupación  y solo se detiene  en una página  que se lee:

“Los pobres sabrán, y si además son jóvenes y estudiantes, entonces sabrán  por partida triple”.

Este enunciado hace énfasis en una universidad como mercado. En el pasado algunos grupos de izquierda propusieron  el concepto de universidad fábrica. En el presente globalizado, son los funcionarios de la Rectoría, que con el apoyo  incondicional de un grupo  de intelectuales  huérfanos del salinismo y prestos a  ser adoptados  por quien tenga bien dispuesto el cinismo  y la cartera -los que no sólo conciben  a la universidad como  un mercado-, también la reorganizan para que funcione como tal.

Pero los intentos mercantiles que se ponen al descubierto por el ex demócrata  y químico Francisco Barnés, actual Rector de la Universidad Autónoma de  México (UNAM), no son nuevos. Años hace que el ahora ex Rector Guillermo Soberón Acevedo intentó agregar el criterio  de productividad empresarial  en la clasificación de los estudiantes universitarios. La propuesta de este ex funcionario se llamó “índice de velocidad y escolaridad “,  y consistía  grosso modo  en agregar al expediente de cada alumno, una cifra  que establecía  si  había sido un estudiante “bueno y veloz” (con buenas calificaciones y con la carrera terminada “en poco tiempo”) o uno “malo y lento”. De esta manera argumentaba la Rectoría que tendrían más elementos para valorar  y contratar  a los egresados universitarios.

La “carta de recomendación’’ de la Rectoría  de la UNAM, más era de exclusión para los muchos  estudiantes  que trabajan para sostener sus estudios y poder sobrevivir. No  eran estudiantes a tiempo completo  y no pocas veces  su  “velocidad” quedaba  debajo  del índice de productividad; ya que por hacer dos cosas al mismo tiempo se demoraba su egreso.

El índice  de velocidad y escolaridad funcionaba también como “lista negra” para las empresas: Los estudiantes que eran marcados como “lento” bien podían ser agitadores que en lugar de  estudiar, se dedicaron al “grilla”. Pero este intento fracasó.

El movimiento estudiantil universitario aprecia aletargado después del rompimiento  de la huelga  de STUNAM en 1977, y de la entrada triunfal  a CU del Rector, flanqueado por el entonces general  policíaco  y cocainómano Arturo Durazno Moreno.

La campaña  de desprestigio realizada por los medios de comunicación  pretende demostrar  el sufrimiento de los estudiantes “auténticos”, víctimas de una minoría  que pretende  convertir a la universidad en botín político y se advierte que hay personas ajenas a la máxima casa de estudios  y que existen evidencias múltiples  de los grupos de inteligencia que intervienen. Esto cuando el movimiento parecía extenderse  a otros centros de educación superior.

Para ese entonces, la Rectoría se mostró  desilusionada, ya que muchos de los estudiantes “veloces” participan activamente en el movimiento,  porque eso le arrebataba de que solo se oponían “los flojos, los grillos  y los  fósiles”. También no entendían la razón  que alguien luchara por cosas de las que no se obtenía un beneficio  directo.

 

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