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MODERNIZACIÓN
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ConfuSionismo La religión oficial
de los Salvadoreños Por:
Payín Imendia. Nací
cristiano, de padres fríamente católicos, con una abuela materna que me
llevaba todos los eneros en peregrinación a Esquipulas y luego ayudó a
fundar la iglesia evangélica del Príncipe de Paz. En la universidad
gringa en la que estudié coqueteé con la Cientología y frecuentaba a
los Hare Krishna; en Panamá, una prima hermana del actual presidente de
Colombia me introdujo a la Meditación Trascendental y la Macrobiótica. De
vuelta en El Salvador, otra queridísima amiga, —profunda y muy
intelectual— me mostró los secretos del I Ching, de las Cartas Astrales
y del Bío-rítmo; y durante la Ofensiva Final, charlé largas horas con
Paquito Flores sobre Sai Baba y la filosofía china aplicada a la
acuicultura. Sin
embargo, a pesar de todo este menjurje de doctrinas y creencias a las que
he sido expuesto, y en ruta imparable hacia el final de este siglo, voy
abrazando cada vez con mayor fuerza un estado mental que se ha convertido
en la religión oficial de incontables salvadoreños: el Confusionismo.
Pero, debo aclarar, y por eso lo escribo con “s”. Nada
que ver con la filosofía moralista oriental del Confuconismo que exaltaba
los valores de la nación y de la familia, sino que se funda en el hecho
de que los salvadoreños estamos cada vez más “confucios”. En
un país en donde existe un queso que es duro, pero a la vez blandito, en
el que hay una calle que es sexta pero a la vez es décima, en donde hasta
hace poco los payasos daban vía y los policías daban risa, y que fueron
sustituidos por semáforos inteligentes que hacen de tonto, no es difícil
confucionarse. Aquí
los constructores aplanan con cemento los cafetales y los bautizan con
nombres como “bosques”, “jardines”, “pinares” y
“arboledas”; el diputado más anti-ecológico es el que más habla en
la Comisión del Medio Ambiente de la Asamblea (descuajando los bosques
con quijanas de burro) y cuando en Cuisnahuat piden agua potable, el
ministerio ecológico les manda veneno. Este
el país en el que ingenieros sin títulos se convierten en
vicepresidentes y ministros, y al ser despedidos por oscuros manejos los
ponen de presidentes en la Corte de Cuentas, y los abogados que quebrantan
la ley se convierten en procuradores de derechos humanos y hasta en
candidatos presidenciales. Este
es el país en donde para controlar a los cipotes que tienen conducta de
selva africana se les aplican leyes de Suiza (la cárcel es prohibida para
menores de 18 años), y al ministro fundador de esa fábrica de leyes
protectoras de la delincuencia lo premian con ocho años de magistratura
en la Corte Suprema de Justicia. Es
difícil no vivir confucio, si somos el país con la mejor macroeconomía
de Latinoamérica pero la canasta básica es cada vez más microscópica
—como las tortillas-, y sin embargo tenemos la mayor cantidad de
hamburguesas y pizzas por kilómetro cuadrado en Centro América; tenemos
más universidades que Francia pero muchos licenciados escriben tuvo con
“b” grande; hay periodistas que les interesa la mordida y dentistas
que se vuelven periodistas (no obtienen sino que extraen la información).
Aquí
los delincuentes andan libres y los decentes viven tras las rejas y los muros. Para nivelar el tráfico desnivelan las calles y
se nivelan los que las encargan (después de todo MOP quiere decir
“trapeador” en inglés, y los ex-ministros de ese ministerio ponen
constructoras usando sus conectes, los ex-directores de ANDA ponen venta
de agua pura usando sus pozos y cañerías y los ex -directores de ANTEL
-ponen Cable TV usando sus postes). En
un país como este, en el que cada vez hay más pobres y menos ricos, los
redentores venden la metralleta y se ponen corbata de políticos y los políticos
venden el voto y se ponen pañuelo de redentores, cómo no vamos estar
confucios. |
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